Ahí estaban, envueltos de arte local, la nena y el lánguido, hasta que una fuerza de atracción se accionó con el pretexto de un amigo en común.
-Mucho gusto nena.
-Mucho gusto lánguido.
Se conocían de a oidas, desde hace ya mucho tiempo, a través de su hermana.
-Esas expresiones las he visto antes, quiza sea el sello familiar. Pensaba la nena, y depsués se lo dijo.
-¿Pintas?, dijó él.
-No. Hago foto.
-mmm, creí que si. Los que pintamos solemos observar los detalles, como lo acabas de hacer tú, pero bueno, la foto también lo requiere.
Después...
el veganismo, el jazz, la pintura, los colores de la música, el budismo -sí, el le contó que la música producía colores en cierta frecuencia y que era posible que el jazz que escuchaban era una pintura-, el sufrimiento, el amor, la vocación... se volvieron sentido de su charla.
La nena quedó en embeleso con la sonrisa de su interlocutor. Esa sonrisa que hacía notar sus pequeños dientes, y marcaba dos lineas en sus mejillas. Su rostro se iluminaba cada vez que la mostraba.
Y cuando articulaba, una curiosa muletilla terminaba sus oraciones... "ajam, sí", que aunada a ese porte intelectual, pero despistado e introvertido, hacian de él un interesante especimen.
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