jueves, 13 de octubre de 2011

Crónica de los tugurios de Ensenada

Hola. Aquí te dejo una crónica que hice ya hace tiempo, acerca de un recorrido por los congales ensenadenses. Recuerdo que fue en temporada de influenza y aproveché para hacer un poco de etnografía. Esta interesante, checala.


LUNES DE NOCHE EN LA CIUDAD

Es común escuchar entre los amigos: - los lunes no hay nada en Ensenada, ¡esta muerto! Refiriéndose a la diversión nocturna. Sin embargo eso no aplica en cierto sitio de la ciudad, cuya vitalidad se hace notar cualquier día de la semana.
Así pues, es la zona de tolerancia, el bajío, la zona rosa, disneylandia ensenadense, aquella donde deambulan los indigentes, borrachos y malvivientes, dirían muchos, aunque no lo sea así en su totalidad, es la que se encuentra llena de vida aún siendo lunes.
Aquel principio de semana arribamos a la calle Miramar mi amigo Chepo y yo faltando diez minutos para 7pm. Mi plan era entrar al bar “La política alegre” ya que había recibido recomendaciones de ese lugar, no obstante mirándome a la cara, el guardia dijo:
-¿y tu identificación?
-¡oh no! pensé; si así es, por descuido olvide la identificación.
Le dije: déjeme entrar soy mayor de edad;
- no, no mija, te ves muy chica de la cara, ¿qué voy hacer si vienen los inspectores?
En fin, dejamos de hacerle la llorona y buscamos el tal “Botecitos” recomendación de mi amigo pero no lo ubicamos a simple vista. Seguíamos explorando en lo que decidíamos a donde entrar. Chepo prendía un delicado, cuando un sujeto se acercó y le dice:
-¿camarada me da un cigarro?
–si como no, le contesta Chepo
Y el sujeto le dice: -bueno, esta vez se lo tomare a dos por uno, es para un compa.
–sale esta bien, le dice Chepo.
La plática siguió hasta la esquina. De ahí nos dirigimos al sonado “13 negro”, el cual se encontraba escueto, solo dos que tres almas junto a la barra y las mesas blancas brillaban abandonadas.
En contra esquina se encontraba el bar “Dorado”, un recinto de diez por diez metros aproximadamente, con una barra, una rocola con música variada, mesas azules patrocinadas por la Corona y en la esquina, una disca que justificaba el olor a pescado frito que abundaba en el lugar.
En otro extremo un grupo de adultos jóvenes con gafas oscuras y camisa desabrochada a medio torso. A mesas aledañas, un borracho pasivo a punto de echarse una pestañita. Junto a la barra un varón con pechos charlando con las meseras. En medio una chica purpura, ese vestido entubado a medio muslo, con escote prologado y cruce en la espalda la hacia resaltar entre la multitud. Acariciándole la nuca se encontraba un hombre con camisa de tirantes.
Por nuestra parte Chepo y yo nos encontrábamos en una mesa junto a la barra, donde casi todo se apreciaba bien. Al poco tiempo de nuestra llegada, se acerca una mesera, quien portaba un chamarron que llegaba casi a la rodilla. Nos ofreció algo de beber. Chepo contesto: -una cerveza por favor.
Mientras bebíamos la Victoria, en el”Dorado” circularon comerciantes interesantes:
Un longevo con una cajita colgando de su cuello de donde provenían dos barras de cobre por unos cables. Tal se acercaba a cada mesa y estiraba la mano con las barras en ella. Lastima no vi a nadie que pagara por unos “toques, toques”, como solía anunciarlos.
Después entro otro añoso comerciante, pero esta vez de su cuello colgaba una cámara fotográfica de placas. Tampoco tuvo éxito en ese bar.
El señor de las gomitas, pistachos, almendras, garbanzos etc. también hizo su aparición con la misma suerte que los anteriores.
Mientras tanto el de tirantes y la de vestido sexy comían totopos y flirteaban entre ellos. En una de esas ella estiraba sus brazos deteniendo al hombre, quien amenazaba con la trompa parada. Pasado el tiempo el de brazos descubiertos la lleva a la puerta a jalones, ella lo empuja; pues como no, a la fuerza ni los calcetines entran. Ella regresa y de su boca se leen varias palabras antisonantes.
Mientras que otro sujeto se ríe, ella se sienta y mastica un totopo. Chepo y yo comentábamos:
- con lo que hay que lidiar en estos lugares
- gajes del oficio
Sin embargo a los minutos ya se encontraba el de brazos pelones rodeando a la del vestido morado, tan cerca que alcanzaba a susurrarle unas palabras al oído. Y al instante yacían los dos a las afueras del recinto muy acaramelados. Vaya reconciliación fugaz.
Mientras terminábamos nuestra bebida, entra un individuo con una tuba y se acerca al grupo de chicos misteriosos con camisa abrochada a la mitad. Ahí jugueteaban con el instrumento, cuando de pronto llega a saludar el varón con pechos; el de la tuba se pasa de listo atrayéndolo de la cintura hacia si; el de pechos solo estira el brazo y le sacude el pelo y con la otra mano saluda de puño a uno de los chicos de gafas oscuras y así se libera de la incómoda situación.
Llegaron las 7:50 pm y nos retiramos, dijimos gracias a la bar tender y con su sonrisa de braquets nos despidió.
Volvimos al”13 negro” y seguía igual de desnudo. En seguida localizamos el bar “botecitos” y nos adentramos.
Ahí había más conglomeración, el espacio tenía prácticamente la misma composición que el bar “Dorado”, pero éste aún mantenía las decoraciones navideñas. Además se apreciaba mayor interacción entre las personas.
La chica de falda corta y botas platicaba en la barra con el de señor de chamarra de cuero y sombrero. La señora de vestido purpúreo con raja en la pierna derecha sonreía con el muchacho en la mesa. Los borrachitos taciturnos al pie de la rocola pedían otra media de cerveza a la mesera de blusa verde pistacho. La señora que vende tamales hizo sus ventas; al retirarse el señor de rayas le canta muy de cerquitas, ella se chivea y suelta una sonrisa, él la invita a bailar, ella le hace saber que es hora de retirarse, él le da un picorete, ella le regala otra sonrisa.
El cuerpo alto y musculoso con uniforme negro y tremenda pechuga por delante asegura el orden del lugar. Es también ella quien abre la puerta del cuarto del inodoro a un sujeto de chamarra deportiva y sombrero vaquero. Minutos más tarde la guardia con bíceps se dispone a echar agua al retrete pero al abrir la puerta su semblante de seriedad cambia por uno nauseabundo. No puede acercarse, el ambiente a la redonda del baño se vuelve un campo de fuerza, difícil de adentrar. Ella solo dice: -se lo comió con todo y botas y suelta inmensa carcajada. La mesera con malla en la cabeza se dispone a vaciar la cubeta. La de blusa verde pistacho grita:- pues así peda, ni huele nada, la caaa...nija. Jajaja, los circunvecinos reíamos.
El reggae de Marley sonaba en la rocola, mi acompañante y yo lo disfrutábamos cantando buffalo soldier. La tecate de nuestra mesa estaba apunto de finiquitar cuando decidimos salir del “Botecitos” para dirigirnos al bar “La potranca”. El guardia no nos la hizo de tos, porque aplicamos la seguridad, que consiste en entrar sin detenerse frente al guardia.
Entrar ahí fue como entrar a un mundo fantástico; - ¡wow!, dije yo, en cuanto pase la puerta.
Las paredes estaban adornadas con exuberantes flores de crepe.
El servicio arrebasaba a los otros bares y eso que los anteriores eran buenos. Pues hasta cacahuates, limones y sal nos servían al consumir una caguama, por cierto la bebida en esos lugares es de muy buen precio.
El ambiente musical fue el más sabroso de todos los bares que compendian nuestra aventura.
Entre el publico se podía apreciar una diversidad de status quos, desde aparentemente albañiles y obreros hasta catedráticos universitarios.
Frente a la pista había una hilera de chicas y no tan chicas sentadas, todas ellas muy guapetonas, que esperaban la llegada del caballero que les extendiera la mano para invitarlas a bailar.
El baile era todo un espectáculo. Pareciera un ritual, donde el hambre de amor se sacia por medio del deleite de un buen bailongo.
En algunas parejas de baile se podía detectar cierto afecto, a tal grado que si desconocieras la dinámica del lugar, asegurarías que mantienen una verdadera relación amorosa.
Algunos se conforman con una a tres piezas musicales y eligen a otra dama. Otros se quedan toda la noche bailando con la misma chica. Algunos se aprovechan y dan una palmadita por aquí y otra por allá. Uno que otro más, roba besitos a las bailarinas.
Era todo un goce que contagiaba, no me quede con las ganas y mi amigo y yo compartimos unas cumbias sabrosonas, junto al señor de overol que bailaba con la chica de azul y el chaparrito manolarga que meneaba el bote con la de print animal en la blusa.
Por su parte en la banca frente a la pista se encuentran desde las chicas más solicitadas hasta las que no se levantan del asiento, a pesar de la manita de gato encima, el escote y los pantalones entallados.
Así pues, en el bar “Dorado” no encontraras ese metal brillante que los españoles cambiaban por espejos a los aztecas, sin embargo lo que ahí obtendrás es un confort, una relajación distractora de los agobios cotidianos.
En el “Botecitos”, la necesidad de conversar se sacia, ya sea con los camaradas o con las chicas que ahí trabajan y además puedes disfrutar un ambiente navideño en plena primavera; que en reflexión de Chepo, es el ambiente familiar que acoge al desolado.
“La potranca”, es el lugar que no debes dejar de visitar si lo que quieres es bailar. Todo el ambiente es muy rico, a lo que sensaciones perceptivas se refiere.
El mito decadente que envuelve esta zona puede ser erróneo. Pues en ella no hay total perdición, como algunos hemos escuchado alguna vez, si no el logro de satisfacer la necesidad de ser comprendido, de ser escuchado, de liberar tensiones, de sentirse amado.

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